La Teología de la Última Generación: Historia, Afirmaciones y Evaluación Bíblica
LA TEOLOGÍA DE LA ÚLTIMA GENERACIÓN: HISTORIA, AFIRMACIONES Y EVALUACIÓN BÍBLICA
La llamada Teología de la Última Generación, conocida comúnmente por sus siglas TUG o LGT (Last Generation Theology), ha ejercido considerable influencia en ciertos sectores del adventismo. Debemos comenzar haciendo una distinción importante: creer que Dios llama a su pueblo a la santidad, a la obediencia y a la victoria sobre el pecado no convierte a nadie en partidario de la TUG. Estas enseñanzas son claramente bíblicas. El problema aparece cuando se construye sobre ellas un sistema según el cual la última generación debe alcanzar una condición de impecabilidad que desempeña un papel indispensable en la vindicación final de Dios y en la terminación del gran conflicto.
ORIGEN HISTÓRICO
Aunque algunos elementos que posteriormente formarían parte de esta teología pueden encontrarse antes, quien los sistematizó dentro del adventismo fue M. L. Andreasen (1876-1962), uno de los teólogos adventistas más influyentes de la primera mitad del siglo XX. Su exposición clásica aparece especialmente en The Sanctuary Service (1937).
Andreasen enseñó que la última generación tendría una función singular en el gran conflicto. Satanás había acusado a Dios de haber dado una ley que los seres humanos no podían obedecer. Por consiguiente, según este esquema, Dios produciría finalmente una generación que demostraría ante el universo que seres humanos viviendo todavía en naturaleza caída podían guardar perfectamente su ley. Esta generación permanecería fiel durante el tiempo de angustia después del cierre de la gracia y vindicaría finalmente el carácter de Dios.
Andreasen llegó a describir esta demostración final como parte de la etapa culminante de la expiación. Aquí precisamente comienza mi principal objeción.
CRISTO YA VINDICÓ EL CARÁCTER DE DIOS
La Biblia no coloca sobre la última generación la responsabilidad de demostrar aquello que Cristo ya demostró perfectamente. Jesús dijo: “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Juan 14:9).
Cristo es “la imagen del Dios invisible” (Col. 1:15) y “el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia” (Heb. 1:3). La revelación suprema del carácter de Dios ocurrió en Jesucristo y alcanzó su expresión culminante en la cruz. Allí quedaron expuestos tanto el carácter de Dios como el carácter del adversario. Cristo pudo decir antes de su muerte: “Ahora es el juicio de este mundo; ahora el príncipe de este mundo será echado fuera” (Juan 12:31).
Los creyentes ciertamente glorifican a Dios mediante sus vidas (Mat. 5:16), pero existe una enorme diferencia entre reflejar el carácter de Dios y afirmar que Dios necesita nuestra impecabilidad para vindicar finalmente su propio carácter. Nosotros somos testigos de la victoria de Cristo; no somos quienes hacemos posible esa victoria.
JUSTIFICACIÓN Y SANTIFICACIÓN
Aquí considero que debemos mantener una distinción fundamental. Pablo declara: “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo” (Rom. 5:1). Y nuevamente: “Concluimos, pues, que el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley” (Rom. 3:28). La justificación es forense: Dios declara justo al pecador que cree en Cristo. El fundamento de esa declaración no es la perfección alcanzada por el creyente, sino la justicia perfecta de Cristo.
Esto no elimina la santificación. Al contrario, quien ha sido justificado comienza una vida transformada por el Espíritu Santo. Pablo pregunta:“¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde? En ninguna manera” (Rom. 6:1, 2).
Por tanto, la santificación necesariamente sigue a la justificación, pero debemos mantener el orden del evangelio: no somos aceptados porque hemos sido santificados; somos santificados porque ya hemos sido aceptados en Cristo. Las buenas obras son el fruto de la salvación, no su fundamento. “Somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras” (Efe. 2:10), pero inmediatamente antes Pablo había declarado que somos salvos “por gracia… por medio de la fe... no por obras” (Efe. 2:8, 9).
Confundir estas categorías termina trasladando nuestra seguridad de Cristo hacia nuestra propia condición espiritual.
¿PUEDE EL CRISTIANO VENCER EL PECADO?
Por supuesto. Rechazar la TUG no significa enseñar que el cristiano debe vivir derrotado por el pecado. Pablo declara: “No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal” (Rom. 6:12). Juan dice: “Estas cosas os escribo para que no pequéis” (1 Juan 2:1). La gracia de Dios no solamente perdona; también transforma. El cristiano debe crecer continuamente en santidad, obediencia y semejanza a Cristo.
Pero Juan inmediatamente añade: “Y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo” (1 Juan 2:1). La seguridad del creyente nunca descansa en poder examinarse y concluir: “Finalmente he alcanzado impecabilidad absoluta.” Descansa en Cristo. Pablo, ya convertido y sirviendo a Cristo, todavía podía decir: “No que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea perfecto; sino que prosigo” (Fil. 3:12). La vida cristiana es crecimiento continuo hacia Cristo.
PERFECCIÓN DE CARÁCTER NO SIGNIFICA NATURALEZA GLORIFICADA
Jesús dijo: “Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto” (Mat. 5:48). Pero el contexto habla particularmente de madurez y del amor que alcanza incluso al enemigo (Mat. 5:43-48). La perfección bíblica significa madurez, integridad y completa entrega a Dios; no significa que el creyente haya llegado antes de la glorificación a una condición en la cual ya no exista absolutamente ninguna consecuencia de la naturaleza caída.
La transformación definitiva ocurre cuando Cristo regrese: “El cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya” (Fil. 3:21). Y: “Esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad” (1 Cor. 15:53). Por eso debemos distinguir entre victoria sobre el pecado conocido y acariciado y una teoría de impecabilidad absoluta anterior a la glorificación.
“No podremos decir: ‘Yo soy impecable’, hasta que este cuerpo vil sea transformado a la semejanza de su cuerpo glorioso. Pero si constantemente tratamos de seguir a Jesús, tenemos la bendita esperanza de estar en pie delante del trono de Dios, sin mancha ni arruga ni cosa semejante; completos en Cristo, vestidos con el manto de su justicia y perfección” (The Signs of the Times, 23 de marzo de 1888).
EL PROBLEMA DE “VIVIR SIN MEDIADOR”
Una expresión muy utilizada en estas discusiones es que los santos tendrán que “vivir sin mediador” después del cierre de la gracia. Esto debe entenderse correctamente. Cuando termine la intercesión celestial de Cristo, no significa que los santos dejarán de depender de Cristo y comenzarán a depender de la perfección de sus propios caracteres. Tampoco significa que la justicia imputada de Cristo haya dejado de ser la única base de su aceptación delante de Dios.
Apocalipsis describe a los vencedores precisamente de esta manera: “Ellos le han vencido por medio de la sangre del Cordero” (Apoc. 12:11). Obsérvese cuidadosamente: por la sangre del Cordero, no por haber llegado finalmente a un nivel de perfección que los independice de la justicia de Cristo. Hasta el último instante nuestra única esperanza es Cristo.
¿LA ÚLTIMA GENERACIÓN COMPLETA LA EXPIACIÓN?
Este es uno de los puntos donde considero que ciertas formulaciones de la TUG se vuelven particularmente problemáticas. Hebreos declara acerca del sacrificio de Cristo: “Con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados” (Heb. 10:14). Y anteriormente: “Entró una vez para siempre en el Lugar Santísimo, habiendo obtenido eterna redención” (Heb. 9:12).
El ministerio celestial de Cristo aplica los beneficios de una expiación cuyo sacrificio suficiente y perfecto fue realizado en el Calvario. Ninguna generación añade méritos al sacrificio de Cristo. El pueblo de Dios participa como testigo en el gran conflicto, pero nunca como co-redentor ni como complemento de una obra insuficiente de Cristo. “Consumado es” (Juan 19:30) continúa siendo el fundamento del evangelio.
¿DEPENDE LA SEGUNDA VENIDA DE QUE PRODUZCAMOS UNA GENERACIÓN IMPECABLE?
También debemos ser cuidadosos aquí. Es cierto que 2 Pedro 3:12 habla de “esperando y apresurándoos para la venida del día de Dios”, y es igualmente cierto que el evangelio debe ser proclamado al mundo (Mat. 24:14). Existe, por tanto, una verdadera responsabilidad misionera de la iglesia. Pero de esto no se desprende que Cristo esté celestialmente impedido de regresar hasta que cierto número de adventistas alcance impecabilidad absoluta.
Jesús puso el momento de su regreso bajo la autoridad del Padre: “No os toca a vosotros saber los tiempos o las sazones, que el Padre puso en su sola potestad” (Hech. 1:7). Nuestra tarea es estar preparados, predicar el evangelio y vivir vidas que honren a Cristo, no convertir nuestra perfección personal en la llave que permite a Dios concluir el gran conflicto.
EL PELIGRO PASTORAL
Aquí existe además un problema práctico. Cuando una persona cree que la venida de Cristo depende de que ella alcance una condición de absoluta impecabilidad,
inevitablemente comienza a mirarse a sí misma. ¿He vencido todo pecado?
¿Tengo algún defecto desconocido? ¿Estoy preparado para vivir sin mediador? ¿Será mi carácter suficientemente perfecto? El centro de atención comienza a desplazarse de Cristo hacia el creyente.
Pero el evangelio dirige nuestra mirada en la dirección contraria: “Puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe” (Heb. 12:2). La verdadera santificación crece precisamente cuando dejamos de utilizar nuestro propio progreso como fundamento de seguridad y descansamos completamente en Cristo.
LO QUE DEBEMOS CONSERVAR
No debemos reaccionar contra la TUG cayendo en el extremo contrario. La gracia no es licencia para pecar. Cristo transforma. Dios tendrá un pueblo fiel. Los mandamientos de Dios siguen siendo importantes. Apocalipsis describe al pueblo final como aquellos que “guardan los mandamientos de Dios y la fe de Jesús” (Apoc. 14:12).
Creo firmemente en la victoria sobre el pecado, en la santificación, en la obediencia y en la preparación del carácter para encontrarnos con Cristo. Lo que rechazo es convertir cualquiera de esas cosas en la base de nuestra justificación, en un complemento de la expiación de Cristo, o en la condición mediante la cual seres humanos finalmente vindican a Dios de una manera que Cristo no hubiera podido realizar plenamente. Esa distinción es fundamental.
CONCLUSIÓN
La TUG contiene una preocupación legítima: toma seriamente el pecado, la obediencia, la santificación, el juicio y la preparación para la segunda venida. No debemos ridiculizar esas preocupaciones. Sin embargo, cuando esas verdades son integradas en un sistema donde la última generación debe alcanzar impecabilidad absoluta para demostrar que la ley puede guardarse, vindicar definitivamente a Dios, completar la demostración necesaria en el gran conflicto y hacer posible el regreso de Cristo, considero que hemos ido más allá de la Escritura.
El evangelio mantiene el orden correcto: Cristo salva. Cristo justifica. Cristo intercede. Cristo santifica mediante su Espíritu. Cristo transforma. Cristo glorificará finalmente a sus hijos. Nuestra obediencia es el fruto de esa salvación, no su causa. Nuestra santificación demuestra el poder del evangelio, pero no añade nada a los méritos de Cristo. Y nuestra victoria nunca consiste en llegar al punto donde ya no necesitemos a Cristo, sino en depender tan completamente de él que podamos decir con Pablo: “Ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gál. 2:20).
Ese, en mi opinión, es el equilibrio bíblico: justificación enteramente por la justicia de Cristo, santificación como fruto inevitable de esa justificación y glorificación cuando Cristo regrese.
Uno de los errores más serios de la TUG consiste en interpretar el cese de la intercesión sacerdotal de Cristo como si el pueblo de Dios quedara abandonado a sí mismo y tuviera entonces que demostrar que puede vivir sin pecado sin la ayuda de Cristo. ¡Tamaño error! El cierre de la intercesión celestial no significa el abandono del creyente. Cristo prometió: “No os dejaré huérfanos” (Juan 14:18), y el otro Consolador permanece con su pueblo “para siempre” (Juan 14:16). Durante ese breve período final, los santos no vivirán independientemente de Dios, sino sostenidos por el Espíritu Santo, quien “intercede por nosotros con gemidos indecibles” (Rom. 8:26). Ya han sido sellados “para el día de la redención” (Efe. 4:30) y permanecen bajo el cuidado y el poder de Dios. Por eso Pablo, precisamente en el contexto de la intercesión del Espíritu y de Cristo, declara que ni tribulación, ni angustia, ni persecución, ni muerte, ni vida, ni ninguna otra cosa creada “nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro” (Rom. 8:26, 34–39). El pueblo final no demostrará que puede vivir sin Cristo; demostrará exactamente lo contrario: que su única seguridad, aun después del cierre de la gracia, continúa siendo su absoluta dependencia de Cristo mediante la presencia y el poder del Espíritu Santo.